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Solo
faltaron 150 metros...

Una Corriente Submarina Inesperada Evitó el Cruce
A pesar del
viento que levantó en la mañana del 25 de octubre de 2003, las
condiciones estaban excelentes: Poco oleaje, una corriente superficial que
iba directamente de Faralloncito a Farallón y una visibilidad que
sobrepasaba los 40 mts en vertical fueron el escenario para el intento de
5 buzos al cruzar por primera vez el valle entre los dos macizos.
Los
equipos estaban armados, los planes de buceo chequeados, todo estaba listo
para iniciar el cruce. El primer reto fue dejar a los buzos cerca de
faralloncito, labor que solo pudo ser llevada a cabo con la colaboración de
los Instructores Miguel Blanco y Candido Costa, tender de superficie y
capitán del bote respectivamente. Para ello nos tuvimos que acercar a las rocas semi
sumergidas para ir dejando la mayor parte de buzos posible. La dificultad
radica en que cada buzo lleva a sus espaldas 2 bombonas de 15 lts. que dan el equivalente en aire a unas 4 bombonas de 80
cft., más un pony con oxígeno para reducir el tiempo de descompresión lo que hace difícil mantener el equilibrio sobre un bote en movimiento.
Los
primeros buzos en entrar tuvieron la tarea de apuntar con sus brújulas cada
una de las esquinas de Farallón -nuestro destino- para triangular la ruta a
seguir. Una vez reunidos todos los buzos iniciamos el descenso para
colocarnos al frente de la salida del túnel de Faralloncito, a 25 metros de
profundidad.
Álvaro Silva, guía central del grupo
alineó a las 2 parejas de buzos: Francisco Mijares y Henry Arismendi a la
derecha, Eduardo Jaimes y Jonathan D'Aguiar a la izquierda.
5...4...3...2...1 y saltamos desde el
borde de la roca hasta los 48 metros de profundidad. La respiración se
agitaba a medida que descendíamos rápidamente siguiendo el contorno del
fondo. Casi de inmediato empezamos a llenar nuestros "bladers" para intentar
frenar la caída a 50 metros de profundidad.
El
paisaje que nos esperaba era increíble, entramos al territorio de los
inmensos pargos de las profundidades que se nos acercaron rápidamente
mientras navegábamos sobre un fondo de poblado uniformemente de pequeñas
piedras, algas rojas y arena, detrás iba quedando la inmensa boca de
faralloncito mientras chequeábamos el rumbo y la profundidad. Nada debía
pasarse por alto.
De pronto una corriente tan poderosa
como un río literalmente nos barrió del fondo, y aunque algunos trataron de
luchar por mantenerse en el sitio, la corriente venía totalmente
perpendicular a nuestro rumbo lanzándonos a una especie de gigantesca media
luna elevada, producto de cientos de años de erosión mecánica: Ahora no solo
se trata de mantener la profundidad, el rumbo y el tiempo de fondo, se trata
de no ser lanzados fuera del alcance visual de la embarcación que nos
esperaba en superficie.
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Comenzamos el ascenso en un mar azul
cobalto que poco a poco se iba haciendo más brillante, a mitad de camino se
pierde toda referencia visual y solo ves el azul profundo y la sombra de los
peces que cruzan nuestro camino. Aquí los instrumentos juegan un papel
importante para mantener una velocidad de ascenso constante y
controlada.
A los 12 metros Eduardo Jaimes, lanzó
su boya de descompresión, que se utiliza para marcar nuestra posición al
barco de apoyo y ayuda a hacer una parada de descompresión más cómoda y
controlada. En este momento solo rondaba por nuestras mentes: "Donde
estaremos? Que tan lejos hemos llegado?".
Minutos después ascendimos a superficie
para descubrir con sorpresa y satisfacción que habíamos recorrido más de la
mitad del trayecto antes de ser atrapados por la corriente, Farallón estaba
frente a nosotros, esperándonos... pero ya la planificación había sido
alterada y en el buceo técnico seguir la
planificación al pie de la letra es la clave para un buceo seguro.
Regresamos a puerto seguro, con más
experiencia y la satisfacción de haberlo intentado y ver lo que nadie había
visto. Farallón demostró porque es el sitio más espectacular para bucear. Es
él quien dicta quien, cómo y cuando se bucea en sus aguas...
Pero volveremos a intentarlo
Guácharo
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